El posicionamiento es un término de la jerga de marketing que implica el sitio que ocupa un producto en la preferencia del consumidor real o potencial. Existe una serie de técnicas y trucos para subir el rango de un posicionamiento deficiente. Este es todo el propósito del SEO, tan apreciado por los bloggers y webmasters; de eso es que se trata Technorati y PageRank, por ejemplo.

Hay un tipo de posicionamiento, al que acabo de apellidar asociativo para diferenciarlo de los demás, que se refiere a asociar un producto (o un blog, un blogger, etc.) con algo o alguien que tiene un alto rango o una posición buena, deseable y hasta envidiable en las preferencias de cierto mercado o nicho.

Un ejemplo de posicionamiento asociativo, un poco tonto pero ilustrativo, sería lograr que Enrique Dans (un blogger estrella de habla hispana) escribiera y comentara a menudo en mi blog y además lo enlazara. Este sólo hecho subiría mi PageRank a niveles estratosféricos en muy poco tiempo. No me cabe duda alguna de que el Sr. Dans cuenta con toda una corte de lectores genuinamente interesados en sus espléndidos escritos. Pero al mismo tiempo, estoy segura de que tiene un gran cúmulo de pretendidos fans cuya única intención es aprovecharse de una gloria ajena a través del posicionamiento que él podría darles, haciéndole creer que le admiran o le convienen de alguna forma. Mintiendo, en otras palabras. Enrique Dans comparte, así, la desgracia de las chicas bonitas, los dueños de un Ferrari y los políticos con futuro.

Hoy recibí un correo de promoción que, cosa en extremo inusual, despertó mi interés inmediato con sólo dos palabras. Por esas dos palabras fui al Web Site que enlazaba, leí una breve reseña del libro que intentaba vender y entonces seguí el enlace de “más información”. La nueva página presentaba a un “entrenador en destrezas de comunicación” desconocido para mí, cuya foto, aspecto, sonrisa…. por alguna razón me desagradaron… a pesar de lo cual, seguí adelante y vi un video de casi 5 minutos, en inglés. El video presentaba una entrevista a este entrenador, que sorprendentemente parecía tener ahora al menos 20 años más que en la foto, y obtuve así cierta idea del contenido de su libro, que prometía develar los secretos más recónditos de uno de los mejores presentadores del planeta: Steve Jobs.

Y ésas, naturalmente, fueron las dos palabras mágicas que me llevaron hasta allí: Steve Jobs. Las mismas que harán que cientos de miles de usuarios de Windows, y unos cuantos miles de usuarios de Mac y de Linux menos suspicaces que yo adquieran este material titulado Los Secretos de las Presentaciones de Steve Jobs, con el igualmente atractivo subtítulo de Cómo ser locamente fabuloso frente a una audiencia.

Los “secretos” revelados por el autor durante la entrevista eran tips que conoce cualquier estudiante de primer año de diseño o de primer semestre de comunicación. Ya para estas alturas, yo estaba francamente molesta. Y no porque fueran datos sin ningún valor. No. Eran datos valiosos, aunque de secretos no tenían nada. La molestia fue porque concluí que era un caso más –y esta es apenas mi opinión– de intento de posicionamiento asociativo indecente.

No conozco la obra del autor del libro (a quien concederé el beneficio de la duda, mas no una mención, ni menos un enlace, en mi blog). Tampoco, sus grados de fama ni de experticio. Sin embargo, infiero que deben ser ligeramente menores que los de Mr. Jobs, ya que:

  • en el libro, su propio nombre aparece debajo y con caracteres de un tercio del tamaño de los que usa para el co-fundador de Apple;
  • al buscar su nombre en Google, en las 3 primeras páginas de resultados aparecen apenas tres menciones sobre un libro anterior, 5 de otras personas de igual nombre en Facebook, LinkedIn, etc. y todo el resto con relación a este libro;
  • lo más interesante de todo: ante la pregunta obligada del entrevistador sobre si había consultado o se había comunicado previamente con el propio Jobs, la respuesta fue que no (¿sorpresa?) ya que había visto un número exorbitante de horas de presentaciones de Mr. Jobs y era, además un experto en comunicaciones que trabajaba para firmas muy reconocidas.

Ni el SEO, ni el marketing, ni el posicionamiento –asociativo o no–, ni el hacer dinero con un libro tienen absolutamente nada censurable de por sí.

Deberían poder ser, todas ellas, actividades honrosas para quienes las llevan a cabo.

El problema, cuando lo hay, reside en algo tan inefable como la intención de quien las desempeña. Y sobre ésta, para bien o para mal, a larga distancia, a corto plazo y a insuficiencia de datos, sólo cabe nuestra percepción, algunas interrogantes y la especulación, a menudo inagotable.

Responsabilidad vs culpa

Octubre 24, 2009

Hace unos días, invité a mi vecino a escribir una entrada “doble”, que es algo que hace un tiempo nos divertía hacer. Dos puntos de vista divergentes, al menos en apariencia, sobre un mismo tema. Uno en cada blog. Le dije que necesitaba una semana para escribirla (pensaba hacerlo el lunes, pasado mañana), pero sea que él olvidó este pequeño condicionante de tiempo, o sea que decidió hacer trampa y arrancar antes del disparo de salida, publicó su entrada, para mi horror, el día de ayer. Sólo por tratarse de quien se trata, le doy el beneficio de la duda y asumo la responsabilidad que me corresponde (100%) por sus acciones. Al fin y al cabo, fue mi idea invitarlo y se trata de mi vecino. ¿Lo deja esta asunción a él con una cuota de responsabilidad de 0% por el olvido o por la trampa? ¡Por supuesto que no! Como pretendo explicar a lo largo de esta entrada, a él le corresponde el otro 100%. La responsabilidad no se resta ni se divide. Sólo se suma y se multiplica.
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Responsabilidad y culpa, al igual que ética, moral y justicia son conceptos a veces ambiguos, confusos, a veces considerados sinónimos entre sí, o al menos intercambiables, no sólo por sus usuarios frecuentes, sino hasta por los propios diccionarios.

Uno de los grandes aportes de mi amigo El Gran Sabio a la cordura de la humanidad consiste en haberlos diferenciado con claridad cristalina. En lo que a mí concierne, no deseo pensar en estos conceptos desde otro punto de vista, ya que ahora puedo hacer algo con ellos: me resultan útiles a la hora de tomar decisiones y también de ayudar a otros en la misma tarea.

Como bien plantea mi vecino, es imposible hablar de responsabilidad y culpa sin tocar los temas de ética, moral y justicia, por lo que proceden unas cuantas definiciones a este respecto. Trataré de simplificarlas al máximo.

Supervivencia y felicidad

“Partimos de la base de que todos queremos vivir.Para vivir tenemos que tomar las decisiones que creemos más convenientes para nosotros”, escribe mi sabio vecino. Tiene toda la razón.

Y eso no es todo, queremos algo más que vivir: buscamos sobre-vivir, entendiendo la supervivencia no como mantener la nariz fuera del agua a toda costa, sino como una escala que va de cero (la muerte) hasta infinito (el ideal de eternidad). En otras palabras, no sólo queremos estar vivos sino que tenemos un impulso, un impulso fundamental, hacia estar mañana mejor que hoy. Trabajamos, amamos, creamos para estar mejor. No sólo se trata de conservar la vida, sino de mejorarla. Y eso incluye, en mayor o menor medida para cada persona, la supervivencia de sus seres queridos: su familia, grupos, nación, la especie humana… y más allá.

La supervivencia es el punto de partida para esta entrada. Y como base fundamental, nos permite sostener todo lo demás. Por ejemplo, la felicidad. La felicidad sería, sencillamente, el resultado de acercarnos a la meta de supervivencia en cualquier empresa. La felicidad no es un estado perpetuo de extasis místico. Es un resultado, se le podría considerar también un “premio”, por avanzar en dirección a una mayor supervivencia individual, familiar, de grupo, humana, y así sucesivamente.

Pequeñas o grandes dosis de felicidad –o placer– resultan cada día, cada minuto, con cada paso que damos en la dirección correcta. Y son, en intensidad y duración, proporcionales a la distancia recorrida. Por el contrario, pequeñas o grandes dosis de dolor resultan con cada paso que damos en la dirección inversa, hacia una menor supervivencia, hacia estar peor, hacia la muerte efectiva o figurada.

Hay algunas trampas para osos en este camino hacia una mayor supervivencia, pero son muy visibles para un ojo humano mínimamente entrenado. Se trata de los placeres o la felicidad que aparentemente brindan ciertas actividades contra-supervivencia; como las drogas, por poner uno de los ejemplos más comunes. Aquí, basta introducir el concepto “a mediano o largo plazo” en la ecuación para determinar, con la mayor facilidad del mundo, la dirección en que nos conduce ese accionar, independientemente de su “premio” o “castigo” inmediatos. Podemos refinarlo aún más, pero no quiero desviarme. Correcto-incorrecto o pro-supervivencia/contra-supervivencia es tema para otra entrada, sea simple o doble….

Ética, moral y justicia

La ética, como sustantivo, es sinónimo de razón. Es la capacidad de determinar y tomar el camino hacia una mayor supervivencia, individual y colectiva, a mediano y largo plazo. Es algo que aunque contiene y afecta a los demás, depende por completo de la persona, de sus capacidades de observación, de razonamiento, de predicción y de autodeterminación. A mayor cordura, mayor ética, mayor capacidad y, por cierto, mayor libertad. A mayor incapacidad, mayor demencia, más falta de ética.

La moral es el conjunto de normas trazadas por un grupo determinado, a menudo una sociedad, para regir las interacciones de sus miembros. En su origen al menos, se basa generalmente en la observación de lo que ayuda o entorpece la supervivencia de ese grupo. No es mucho más que eso.

La justicia son las acciones y procedimientos que emprende un grupo cuando el individuo parece ser incapaz de actuar de manera ética y/o moral por sí mismo y perjudica así a otros miembros o al grupo en su totalidad.

Responsabilidad y culpa

No me interesa, para los fines de esta entrada, el concepto de responsabilidad-culpa en función de la moral ni de la justicia.

A mi modo de ver, la moral judeo-cristiana (que mi vecino me hace ¡por fin! el favor de reconocer como forjadora de gran parte del sistema occidental de valores), en el mejor de los casos no tiene un concepto claro de la responsabilidad. En el peor, tampoco está particularmente interesada en que nadie lo tenga. Como bien apunta mi vecino, su principal interés es sembrar, cultivar, promover y vender la culpa como su principal producto de exportación.

En el campo de la justicia, “culpabilidad” no se opone a “responsabilidad”, sino a “inocencia”. Y por “culpa” no se entiende otra cosa que “responsabilidad asignada por medio de la fuerza”. Lo cual podrá funcionar de maravilla en el sistema legal, pero jamás en el ético. Como muy bien observa mi amigo El Gran Sabio, un código ético jamás puede ser impuesto, porque este solo hecho lo convertiría, por definición, en un código moral: los principios éticos se asumen –o no– por propia autodeterminación y convencimiento. El apego a un código ético, con total autodeterminación, puede verse hasta como un lujo que sólo unos pocos pueden permitirse.

Desde este punto de vista, la responsabilidad es simplemente el reconocimiento de ser, haber sido o poder ser CAUSA de un efecto determinado. Es todo lo que es. De acuerdo a la etimología, sería la disposición y la capacidad para responder por algo o por alguien.

Y es en este punto en el que se encuentra la única divergencia con mi vecino. Porque sucede que sí causamos cosas, sí creamos efectos, a sabiendas o no, nos guste o no, tengamos 0 o 99 años de edad, seamos ejecutivos o empleados, padres o hijos, rasos o generales. Y con mayor o menor certeza, sabemos que lo hacemos. Y en esa misma medida, somos responsables.

¿Es responsable un soldado de haber participado en la destrucción de una ciudad, en el asesinato de civiles inocentes y en la violación de las mujeres que no pudieron escapar a tiempo? Lo es en la medida en que sea capaz de enfrentar el hecho de que causó lo que causó. No es “no-responsable”, sino irresponsable en la medida en que no está dispuesto o es incapaz de asumirse como causa.

En ese mismo tenor ¿puede un niño asumir responsabilidad por el bienestar de sus padres? Por supuesto que sí… con un pequeño condicionante: que cuente con unos padres mínimamente cuerdos y, por tanto, aceptablemente responsables. En la medida en que el niño es capaz de comprender que de su actuación depende en gran medida el sentimiento de orgullo o de decepción de sus padres, su tranquilidad o su histeria perpetua puede –y normalmente tiene el impulso de hacerlo– causar efectos mayormente positivos. Y si los padres, cuerdos al fin, se abstienen de castigarle cuando comunica los efectos negativos que ha creado, cuando dice “Yo lo rompí, fue un accidente, ¿me perdonas?” (proposición estándar de la hija de 5 años de mi mejor amiga), ve que también puede responsabilizarse de sus fechorías. Y su sentido de la responsabilidad aumenta. Más tarde, será perfectamente consciente de que su vida entera está en sus manos: es causa sobre ella y, como tal, tendrá certeza de que puede encaminarla en la dirección de sus propias metas. Quizá la parte más importante del trabajo de ser padres, consiste en estar completamente dispuestos a mordernos la lengua si es necesario para no aplastar los intentos incipientes de nuestros hijos por asumir cada vez una mayor cuota de responsabilidad.

¿Qué es culpa entonces? Nada más y nada menos que la asignación errónea o arbitraria de responsabilidad.

La culpa es una especie de sombra de la responsabilidad. Una caricatura, quizá. Y, definitivamente, su opuesto. Es asignar a otros una responsabilidad que nos corresponde. Es también permitir que alguien más nos imponga la calidad de responsables, violando así su condición esencial de autodeterminación. Y es, en el peor de los casos, el imponérnosla nosotros mismos sin habernos reconocido previamente como Causa, sea que lo fuéramos o no. Es el clásico “yo no fui, fue Teté”, el no menos clásico “sé que fuiste tú, tu siempre eres el que….” y el patético “por mi culpa, por mi culpa…”.

La culpa nos coloca, entonces, en la detestable condición de Efecto. Donde hay muy poco que podamos hacer. Porque, aunque parezca una perogrullada, un efecto no es causa jamás.

La responsabilidad se convierte en culpa a través de un mecanismo de lo más simple e interesante.

  1. Causamos algo, a sabiendas o no, por error o por descuido, que resulta ser un efecto más o menos dañino o indeseado.
  2. No estamos dispuestos o no somos capaces de enfrentar el hecho de haber sido Causa de ello.
  3. Asignamos la calidad de Causa a alguien o a algo diferente de nosotros mismos (aquí entra toda la increíble gama de justificaciones y explicaciones).
  4. De este modo nos volvemos Efecto y la responsabilidad rebota de regreso (ya que ha sido “enviada a la dirección incorrecta”) como Culpa.

Es el peor negocio que podemos hacer en la vida. Y lo hacemos a diario, en buena medida por puro desconocimiento.

Aunque me habría gustado exponer más ejemplos para ilustrar cada uno de los conceptos, espero haber contribuido con esta entrada –excesivamente condensada y sin embargo excesivamente extensa– a desmitificar en algo la idea tan socorrida de que estos asuntos son “muy complicados”. Pues no lo son.

Crítica de la crítica

Mayo 27, 2008

Tengo esta entrada dándome vueltas en la cabeza hace meses. Y no se va. Cuando eso sucede, sólo hay un modo de sacarla de ahí, ya sabes, te sientas, la escribes y así por fin te deja en paz. A veces, algún valiente amigo blogger te da, sin saberlo, el empujoncito que te hacía falta… gracias por ello, a quien corresponde. :)

Crecemos endiosando la crítica. En mi caso, primero fue “el pensamiento crítico” o la llamada “visión crítica del mundo”. Me lo enseñaron desde niña, en el colegio, para delicia y alivio de mis padres. Más tarde, era “la autocrítica”, ligada primero a un punto de vista político y más tarde (¡horror!) psicológico sobre la vida. El mundo estaba mal. Definitivamente mal. Y yo con él, naturalmente. Y si era incapaz de verlo y gritarlo a los cuatro vientos, estaría en problemas. Me convertiría en aquella cosa temida y aborrecible, en el cuco aquél de “ser una más del montón”. Luego, vino la etapa de la “crítica constructiva” que era perentorio hacer sobre los demás, sus creaciones, sus proyectos, sus sueños. Sin lugar a dudas, siempre con el noble ánimo (Ja!) de abrirles los ojos, de ayudarlos a ser mejores, o de impedir que se estrellaran contra la dura pared de la “realidad”.

Todo este duro entrenamiento, de un par de décadas, rindió sus frutos. Llegué a ser una persona extremadamente inteligente (crítica), con un admirable sentido del humor (negro), y sorprendente capacidad, para mis cortos años, de analizar (destrozar) la realidad en que vivía (vegetaba). No hacía nada. No obtenía ningún producto valioso. Sólo era una decepcionada y crítica espectadora del mundo que bullía de vida a mi alrededor, sin pedir mi consentimiento.

Me tomó unos años desandar ese lúgubre camino, con gran renuencia al principio y unos cuantos fracasos durante todo el proceso. Pero finalmente llegué a donde iba y aprendí mucho más de lo que jamás esperé aprender.

Fue interesante descubrir que a pesar de existir la llamada crítica constructiva, no ocurría lo mismo con su par, la crítica destructiva. Nadie tenía nunca las agallas suficientes, o tal vez la integridad suficiente, o quizá la capacidad de observación objetiva suficiente para decir: “Te voy a hacer una crítica destructiva…” Nunca sucedía. Nadie hablaba de ella. Era como si no existiera. Como si alguien la estuviera ocultando, deliberadamente. Muy extraño… Este hecho era tan intrigante para mí, que decidí investigarlo.

Observé que el aplaudido resultado “constructivo” de la crítica así llamada, era simplemente un mito. Nunca llegué a ver un átomo de esa pretendida construcción. Nunca vi que alguien se sintiera mejor por ella, ni que cambiara lo que estaba haciendo en la dirección de tal crítica. Ocurría, en general, lo mismo que con los consejos: entraban por un oído… Por el contrario, pude observar que las pocas personas que aparentemente no rechazaban la crítica de modo visceral, que la aceptaban estoicamente, sin pestañear, con los labios apretados, y que luego hasta la agradecían con su mejor sonrisa protocolar; cuando nadie las veía, estallaban en un arranque de furia o, peor, de llanto, cuya magnitud era sorprendentemente proporcional a la profundidad y extensión de la crítica, así como al número de críticos. En casos extremos, especialmente en los que se involucraba la creación de alguna especie, llegaban a abandonar por completo la actividad. Si este resultado no era “destructivo”, no puedo imaginarme cuál podría haberlo sido.

Ocurría exactamente lo mismo con la aclamada autocrítica. La autocrítica pública, de moda en los años 70-90 en determinados espacios, era en el mejor de los casos una farsa que había sido previamente ensayada, posiblemente incluso ante el espejo, y en el peor, una réplica exacta, en primera persona, de lo que ocurría con la crítica constructiva. Nunca conocí a nadie en su sano juicio que dedicara una parte importante de su hacer a autocriticarse. Las personas a las que admiraba por sus logros en diversos campos, ciertamente no lo hacían. Y a la inversa, aquellas personas que tuve el infortunio de conocer que sí practicaban la autocrítica como si fuera una especie de deporte, no sólo eran insufriblemente egocéntricas y deprimentes, no sólo vivían lamentando sus inacabables desgracias, sino que no hacían nada por nadie, ni acababan de hacer tampoco nada por sí mismas.

La “visión crítica del mundo”, el “pensamiento crítico”, incluían la “apreciación crítica del arte”. Y la tarea era aprender a detectar, por más escondido que estuviera, todo lo malo que debía incuestionablemente existir en una actividad, en una sociedad, en una institución.

Todo tenía, todo debía tener, grandes y numerosas fallas y era injusto para los demás el ignorarlas. Hacerlo, te convertía en cómplice de la barbarie. Estas eran las premisas iniciales. Había que escarbar y escarbar. Había que sacar estas fallas a la luz por el bien de todos; se tratara de la Mona Lisa, de un minuet de Mozart, del desempeño del gobierno o de sus intenciones. Se trataba, naturalmente de todas y cada una de las instituciones sociales, desde “la religión” (la Iglesia Católica), hasta los intentos de “alienación de las masas” (las películas, libros y artistas que no eran políticamente “correctos”), pasando naturalmente por los sistemas políticos y económicos que estaban en ese momento en el banquillo, y, como cantaba Silvio, por la familia, la propiedad privada y el amor.

Todo era malo, muy malo. Y si no lo era a simple vista, había entonces que buscar, aún con más empeño hasta encontrarlo. Nos enseñaron a enfurecernos por ello, a luchar contra ello. Nos enseñaron a despedazarlo. Y ¿qué obtuvimos? ¿La ansiada sociedad mejor? ¿La libertad? De la felicidad nunca se hablaba, llegar siquiera a considerar su existencia se había convertido en una vergüenza oculta, demasiado vinculada al placer y a otras libertades que nunca fue posible, ni nunca lo será, poner tras las rejas de ninguna ideología, ni de ninguna ciencia.

Aunque hoy en día para mí existen pocos seres más despreciables que los críticos profesionales, y pocos más patéticos que los aficionados, sucede que algunas personas, muy queridas por mí, escogieron quedarse atrapadas en esa trinchera, de dudoso honor. Parecen ser incapaces de observar algo, cualquier cosa, y verlo como es. Miran un reflejo distorsionado del mundo en su espejo crítico particular de feria de diversiones. ¿Quién más que quien lo instaló en primer lugar podría quitarles ese aparato que se mueve en la misma dirección de su mirada? La buena noticia es que es sólo eso. Un aparato. No es parte de nosotros. Es completamente desechable. Y profundamente inútil.

Existe un alto grado de acuerdo entre los bloggers profesionales sobre el hecho de que el contenido de tu blog, no la frecuencia de sus publicaciones, es el factor que, a la larga, determina no sólo la cantidad del tráfico que obtienes, sino su calidad.

Naturalmente, es bueno que tengas en cuenta el tipo de blog que lees en este momento, a fin de poner esta entrada en la perspectiva correcta. Este es un blog estrictamente no-comercial, orientado a difundir y a apoyar puntos de vista constructivos sobre la vida. Por esa razón, y de manera muy personal, estoy un poquitín más interesada en la calidad del tráfico que en la cantidad.

Yo entiendo que la calidad del tráfico de un blog se puede determinar (en términos estrictamente no-técnicos) de dos formas. Por un lado, considerando el número de lectores “fieles” a tu blog –esos que regresan una y otra vez. Y por otro –fíjate que digo “y”, no “o”– la cantidad y la calidad de su participación, que puede ocurrir no sólo a través de sus comentarios, sino en muchos otros niveles de comunicación y de aprendizaje. En el mejor de los casos, según mi opinión, llegan a formarse sólidos lazos de amistad entre el blogger y sus lectores favoritos y entre los lectores y su blogger favorito.

Y como probablemente ya te has percatado, navegando por allí y por allá, esto de la calidad del tráfico no va necesariamente de la mano con la cantidad. Y aunque tampoco se trata de parámetros opuestos, pienso que vale la pena, al menos al iniciar un blog, la reflexión sobre qué es lo que perseguimos con él, en términos de tráfico y, por tanto, de contenido.

Bueno ¿y qué tiene todo esto que ver con el título de esta entrada?

La verdad es que la Verdad tiene bastante que ver en todo esto. De hecho, la idea para esta entrada surgió a raíz del atado de mentiras más famoso y difundido en este momento por Internet: la más reciente campaña anti-Tom Cruise; por llamarle de alguna manera, con un nivel mínimo de decencia que en realidad sus autores y reproductores –seres por completo despreciables– no merecen; aunque sí mis lectores.

Y ésta es la simplicidad de lo que quiero decir: la cantidad de Verdad y la ausencia de mentiras o de falsedades que haya en el contenido de tu blog por sí sola atraerá el tipo de tráfico que probablemente buscas.

No quiero sumirme en las profundidades filosóficas de la vida en este blog. Digamos que, por ley de probabilidades, si lo estás leyendo, eres una persona mínimamente creativa, es decir constructiva. Y que también probablemente desees ese tipo de lectores. Entonces, mientras lo confirmas por ti mismo/a, a través de tu propia observación en la vida, acepta mi palabra sobre esto: las personas constructivas y creativas se sienten naturalmente atraídas por la Verdad y, en la misma proporción, repelidas por la falsedad o la mentira.

¿Qué es verdad y qué es mentira? ¿Y cómo se aplica al contenido de tu blog? Dos de mis blogs favoritos, aparentemente están en sintonía mental con esta entrada que comencé hace como una semana. Clear Santo Domingo! acaba de publicar una excelente (y simple) definición al final de esta entrada que va precedida, por cierto, de un videoclip bellísimo. Y Ciberprensa, la pone como número uno en su reseña de anteayer de este espléndido listado de matices de la Verdad respecto a un ideal que en mi opinión podría inspirar más a algunos bloggers en particular, que a los periodistas en general…