Posicionamiento asociativo y decencia
Noviembre 6, 2009
El posicionamiento es un término de la jerga de marketing que implica el sitio que ocupa un producto en la preferencia del consumidor real o potencial. Existe una serie de técnicas y trucos para subir el rango de un posicionamiento deficiente. Este es todo el propósito del SEO, tan apreciado por los bloggers y webmasters; de eso es que se trata Technorati y PageRank, por ejemplo.
Hay un tipo de posicionamiento, al que acabo de apellidar asociativo para diferenciarlo de los demás, que se refiere a asociar un producto (o un blog, un blogger, etc.) con algo o alguien que tiene un alto rango o una posición buena, deseable y hasta envidiable en las preferencias de cierto mercado o nicho.
Un ejemplo de posicionamiento asociativo, un poco tonto pero ilustrativo, sería lograr que Enrique Dans (un blogger estrella de habla hispana) escribiera y comentara a menudo en mi blog y además lo enlazara. Este sólo hecho subiría mi PageRank a niveles estratosféricos en muy poco tiempo. No me cabe duda alguna de que el Sr. Dans cuenta con toda una corte de lectores genuinamente interesados en sus espléndidos escritos. Pero al mismo tiempo, estoy segura de que tiene un gran cúmulo de pretendidos fans cuya única intención es aprovecharse de una gloria ajena a través del posicionamiento que él podría darles, haciéndole creer que le admiran o le convienen de alguna forma. Mintiendo, en otras palabras. Enrique Dans comparte, así, la desgracia de las chicas bonitas, los dueños de un Ferrari y los políticos con futuro.
Hoy recibí un correo de promoción que, cosa en extremo inusual, despertó mi interés inmediato con sólo dos palabras. Por esas dos palabras fui al Web Site que enlazaba, leí una breve reseña del libro que intentaba vender y entonces seguí el enlace de “más información”. La nueva página presentaba a un “entrenador en destrezas de comunicación” desconocido para mí, cuya foto, aspecto, sonrisa…. por alguna razón me desagradaron… a pesar de lo cual, seguí adelante y vi un video de casi 5 minutos, en inglés. El video presentaba una entrevista a este entrenador, que sorprendentemente parecía tener ahora al menos 20 años más que en la foto, y obtuve así cierta idea del contenido de su libro, que prometía develar los secretos más recónditos de uno de los mejores presentadores del planeta: Steve Jobs.
Y ésas, naturalmente, fueron las dos palabras mágicas que me llevaron hasta allí: Steve Jobs. Las mismas que harán que cientos de miles de usuarios de Windows, y unos cuantos miles de usuarios de Mac y de Linux menos suspicaces que yo adquieran este material titulado Los Secretos de las Presentaciones de Steve Jobs, con el igualmente atractivo subtítulo de Cómo ser locamente fabuloso frente a una audiencia.
Los “secretos” revelados por el autor durante la entrevista eran tips que conoce cualquier estudiante de primer año de diseño o de primer semestre de comunicación. Ya para estas alturas, yo estaba francamente molesta. Y no porque fueran datos sin ningún valor. No. Eran datos valiosos, aunque de secretos no tenían nada. La molestia fue porque concluí que era un caso más –y esta es apenas mi opinión– de intento de posicionamiento asociativo indecente.
No conozco la obra del autor del libro (a quien concederé el beneficio de la duda, mas no una mención, ni menos un enlace, en mi blog). Tampoco, sus grados de fama ni de experticio. Sin embargo, infiero que deben ser ligeramente menores que los de Mr. Jobs, ya que:
- en el libro, su propio nombre aparece debajo y con caracteres de un tercio del tamaño de los que usa para el co-fundador de Apple;
- al buscar su nombre en Google, en las 3 primeras páginas de resultados aparecen apenas tres menciones sobre un libro anterior, 5 de otras personas de igual nombre en Facebook, LinkedIn, etc. y todo el resto con relación a este libro;
- lo más interesante de todo: ante la pregunta obligada del entrevistador sobre si había consultado o se había comunicado previamente con el propio Jobs, la respuesta fue que no (¿sorpresa?) ya que había visto un número exorbitante de horas de presentaciones de Mr. Jobs y era, además un experto en comunicaciones que trabajaba para firmas muy reconocidas.
Ni el SEO, ni el marketing, ni el posicionamiento –asociativo o no–, ni el hacer dinero con un libro tienen absolutamente nada censurable de por sí.
Deberían poder ser, todas ellas, actividades honrosas para quienes las llevan a cabo.
El problema, cuando lo hay, reside en algo tan inefable como la intención de quien las desempeña. Y sobre ésta, para bien o para mal, a larga distancia, a corto plazo y a insuficiencia de datos, sólo cabe nuestra percepción, algunas interrogantes y la especulación, a menudo inagotable.
Responsabilidad vs culpa
Octubre 24, 2009
Hace unos días, invité a mi vecino a escribir una entrada “doble”, que es algo que hace un tiempo nos divertía hacer. Dos puntos de vista divergentes, al menos en apariencia, sobre un mismo tema. Uno en cada blog. Le dije que necesitaba una semana para escribirla (pensaba hacerlo el lunes, pasado mañana), pero sea que él olvidó este pequeño condicionante de tiempo, o sea que decidió hacer trampa y arrancar antes del disparo de salida, publicó su entrada, para mi horror, el día de ayer. Sólo por tratarse de quien se trata, le doy el beneficio de la duda y asumo la responsabilidad que me corresponde (100%) por sus acciones. Al fin y al cabo, fue mi idea invitarlo y se trata de mi vecino. ¿Lo deja esta asunción a él con una cuota de responsabilidad de 0% por el olvido o por la trampa? ¡Por supuesto que no! Como pretendo explicar a lo largo de esta entrada, a él le corresponde el otro 100%. La responsabilidad no se resta ni se divide. Sólo se suma y se multiplica.
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Responsabilidad y culpa, al igual que ética, moral y justicia son conceptos a veces ambiguos, confusos, a veces considerados sinónimos entre sí, o al menos intercambiables, no sólo por sus usuarios frecuentes, sino hasta por los propios diccionarios.
Uno de los grandes aportes de mi amigo El Gran Sabio a la cordura de la humanidad consiste en haberlos diferenciado con claridad cristalina. En lo que a mí concierne, no deseo pensar en estos conceptos desde otro punto de vista, ya que ahora puedo hacer algo con ellos: me resultan útiles a la hora de tomar decisiones y también de ayudar a otros en la misma tarea.
Como bien plantea mi vecino, es imposible hablar de responsabilidad y culpa sin tocar los temas de ética, moral y justicia, por lo que proceden unas cuantas definiciones a este respecto. Trataré de simplificarlas al máximo.
Supervivencia y felicidad
“Partimos de la base de que todos queremos vivir.Para vivir tenemos que tomar las decisiones que creemos más convenientes para nosotros”, escribe mi sabio vecino. Tiene toda la razón.
Y eso no es todo, queremos algo más que vivir: buscamos sobre-vivir, entendiendo la supervivencia no como mantener la nariz fuera del agua a toda costa, sino como una escala que va de cero (la muerte) hasta infinito (el ideal de eternidad). En otras palabras, no sólo queremos estar vivos sino que tenemos un impulso, un impulso fundamental, hacia estar mañana mejor que hoy. Trabajamos, amamos, creamos para estar mejor. No sólo se trata de conservar la vida, sino de mejorarla. Y eso incluye, en mayor o menor medida para cada persona, la supervivencia de sus seres queridos: su familia, grupos, nación, la especie humana… y más allá.
La supervivencia es el punto de partida para esta entrada. Y como base fundamental, nos permite sostener todo lo demás. Por ejemplo, la felicidad. La felicidad sería, sencillamente, el resultado de acercarnos a la meta de supervivencia en cualquier empresa. La felicidad no es un estado perpetuo de extasis místico. Es un resultado, se le podría considerar también un “premio”, por avanzar en dirección a una mayor supervivencia individual, familiar, de grupo, humana, y así sucesivamente.
Pequeñas o grandes dosis de felicidad –o placer– resultan cada día, cada minuto, con cada paso que damos en la dirección correcta. Y son, en intensidad y duración, proporcionales a la distancia recorrida. Por el contrario, pequeñas o grandes dosis de dolor resultan con cada paso que damos en la dirección inversa, hacia una menor supervivencia, hacia estar peor, hacia la muerte efectiva o figurada.
Hay algunas trampas para osos en este camino hacia una mayor supervivencia, pero son muy visibles para un ojo humano mínimamente entrenado. Se trata de los placeres o la felicidad que aparentemente brindan ciertas actividades contra-supervivencia; como las drogas, por poner uno de los ejemplos más comunes. Aquí, basta introducir el concepto “a mediano o largo plazo” en la ecuación para determinar, con la mayor facilidad del mundo, la dirección en que nos conduce ese accionar, independientemente de su “premio” o “castigo” inmediatos. Podemos refinarlo aún más, pero no quiero desviarme. Correcto-incorrecto o pro-supervivencia/contra-supervivencia es tema para otra entrada, sea simple o doble….
Ética, moral y justicia
La ética, como sustantivo, es sinónimo de razón. Es la capacidad de determinar y tomar el camino hacia una mayor supervivencia, individual y colectiva, a mediano y largo plazo. Es algo que aunque contiene y afecta a los demás, depende por completo de la persona, de sus capacidades de observación, de razonamiento, de predicción y de autodeterminación. A mayor cordura, mayor ética, mayor capacidad y, por cierto, mayor libertad. A mayor incapacidad, mayor demencia, más falta de ética.
La moral es el conjunto de normas trazadas por un grupo determinado, a menudo una sociedad, para regir las interacciones de sus miembros. En su origen al menos, se basa generalmente en la observación de lo que ayuda o entorpece la supervivencia de ese grupo. No es mucho más que eso.
La justicia son las acciones y procedimientos que emprende un grupo cuando el individuo parece ser incapaz de actuar de manera ética y/o moral por sí mismo y perjudica así a otros miembros o al grupo en su totalidad.
Responsabilidad y culpa
No me interesa, para los fines de esta entrada, el concepto de responsabilidad-culpa en función de la moral ni de la justicia.
A mi modo de ver, la moral judeo-cristiana (que mi vecino me hace ¡por fin! el favor de reconocer como forjadora de gran parte del sistema occidental de valores), en el mejor de los casos no tiene un concepto claro de la responsabilidad. En el peor, tampoco está particularmente interesada en que nadie lo tenga. Como bien apunta mi vecino, su principal interés es sembrar, cultivar, promover y vender la culpa como su principal producto de exportación.
En el campo de la justicia, “culpabilidad” no se opone a “responsabilidad”, sino a “inocencia”. Y por “culpa” no se entiende otra cosa que “responsabilidad asignada por medio de la fuerza”. Lo cual podrá funcionar de maravilla en el sistema legal, pero jamás en el ético. Como muy bien observa mi amigo El Gran Sabio, un código ético jamás puede ser impuesto, porque este solo hecho lo convertiría, por definición, en un código moral: los principios éticos se asumen –o no– por propia autodeterminación y convencimiento. El apego a un código ético, con total autodeterminación, puede verse hasta como un lujo que sólo unos pocos pueden permitirse.
Desde este punto de vista, la responsabilidad es simplemente el reconocimiento de ser, haber sido o poder ser CAUSA de un efecto determinado. Es todo lo que es. De acuerdo a la etimología, sería la disposición y la capacidad para responder por algo o por alguien.
Y es en este punto en el que se encuentra la única divergencia con mi vecino. Porque sucede que sí causamos cosas, sí creamos efectos, a sabiendas o no, nos guste o no, tengamos 0 o 99 años de edad, seamos ejecutivos o empleados, padres o hijos, rasos o generales. Y con mayor o menor certeza, sabemos que lo hacemos. Y en esa misma medida, somos responsables.
¿Es responsable un soldado de haber participado en la destrucción de una ciudad, en el asesinato de civiles inocentes y en la violación de las mujeres que no pudieron escapar a tiempo? Lo es en la medida en que sea capaz de enfrentar el hecho de que causó lo que causó. No es “no-responsable”, sino irresponsable en la medida en que no está dispuesto o es incapaz de asumirse como causa.
En ese mismo tenor ¿puede un niño asumir responsabilidad por el bienestar de sus padres? Por supuesto que sí… con un pequeño condicionante: que cuente con unos padres mínimamente cuerdos y, por tanto, aceptablemente responsables. En la medida en que el niño es capaz de comprender que de su actuación depende en gran medida el sentimiento de orgullo o de decepción de sus padres, su tranquilidad o su histeria perpetua puede –y normalmente tiene el impulso de hacerlo– causar efectos mayormente positivos. Y si los padres, cuerdos al fin, se abstienen de castigarle cuando comunica los efectos negativos que ha creado, cuando dice “Yo lo rompí, fue un accidente, ¿me perdonas?” (proposición estándar de la hija de 5 años de mi mejor amiga), ve que también puede responsabilizarse de sus fechorías. Y su sentido de la responsabilidad aumenta. Más tarde, será perfectamente consciente de que su vida entera está en sus manos: es causa sobre ella y, como tal, tendrá certeza de que puede encaminarla en la dirección de sus propias metas. Quizá la parte más importante del trabajo de ser padres, consiste en estar completamente dispuestos a mordernos la lengua si es necesario para no aplastar los intentos incipientes de nuestros hijos por asumir cada vez una mayor cuota de responsabilidad.
¿Qué es culpa entonces? Nada más y nada menos que la asignación errónea o arbitraria de responsabilidad.
La culpa es una especie de sombra de la responsabilidad. Una caricatura, quizá. Y, definitivamente, su opuesto. Es asignar a otros una responsabilidad que nos corresponde. Es también permitir que alguien más nos imponga la calidad de responsables, violando así su condición esencial de autodeterminación. Y es, en el peor de los casos, el imponérnosla nosotros mismos sin habernos reconocido previamente como Causa, sea que lo fuéramos o no. Es el clásico “yo no fui, fue Teté”, el no menos clásico “sé que fuiste tú, tu siempre eres el que….” y el patético “por mi culpa, por mi culpa…”.
La culpa nos coloca, entonces, en la detestable condición de Efecto. Donde hay muy poco que podamos hacer. Porque, aunque parezca una perogrullada, un efecto no es causa jamás.
La responsabilidad se convierte en culpa a través de un mecanismo de lo más simple e interesante.
- Causamos algo, a sabiendas o no, por error o por descuido, que resulta ser un efecto más o menos dañino o indeseado.
- No estamos dispuestos o no somos capaces de enfrentar el hecho de haber sido Causa de ello.
- Asignamos la calidad de Causa a alguien o a algo diferente de nosotros mismos (aquí entra toda la increíble gama de justificaciones y explicaciones).
- De este modo nos volvemos Efecto y la responsabilidad rebota de regreso (ya que ha sido “enviada a la dirección incorrecta”) como Culpa.
Es el peor negocio que podemos hacer en la vida. Y lo hacemos a diario, en buena medida por puro desconocimiento.
Aunque me habría gustado exponer más ejemplos para ilustrar cada uno de los conceptos, espero haber contribuido con esta entrada –excesivamente condensada y sin embargo excesivamente extensa– a desmitificar en algo la idea tan socorrida de que estos asuntos son “muy complicados”. Pues no lo son.
Comunicación: crimen y castigo
Octubre 16, 2009
Mi amigo el Gran Sabio plantea que los mayores crímenes en este universo común que habitamos son estar ahí y comunicar.
Por ambos somos juzgados y castigados sin piedad ni posible defensa, cada día de nuestras vidas, desde que nacemos hasta que decidimos que es todo por esta vida, y adiós.
Incontables niños en el mundo pagan con una vida por completo miserable el simple hecho de haber nacido: estar ahí.
El estándar de los primeros meses es la expectativa de que el niño duerma, que no llore, que no deje sentir su presencia, idealmente 20 de las 24 horas, todos los esfuerzos de los padres, las tías, los hermanos y las abuelas se vuelcan, diligentes e incansables a lograrlo. Le enseñan a caminar y a hablar para arrepentirse de inmediato. Ahora el niño puede ir donde le plazca… ¡habrase visto semejante atrevimiento! Cállate, no llores, no toques, no alcances, no vengas para acá, no te saldrás con la tuya, no, no puedes ir, vete déjame en paz, no te muevas de aquí, no, no no no… son los mantras sagrados que escuchamos desde que sale el sol hasta que se pone, día tras día tras día tras día.
Más tarde, con lo que aún le queda de astucia, aprende dos reglas elementales de “supervivencia”.
Uno: si tu hermano comete una fechoría, más te vale salir corriendo y desaparecer por un largo rato, porque quien esté ahí será quien sufra las consecuencias.
Dos: nunca nunca nunca decir lo que pasó, lo que viste, quién fue… porque cuando no lo haces, te castigan a veces; pero cuando sí lo haces, te castigan siempre y a menudo por partida doble.
El patrón de comportamiento para estar a salvo se instala de modo permanente. Más adelante, la vida se encarga, en la juventud y en la adultez, de demostrarnos cuánta razón tuvimos y nos brinda abundantes oportunidades de comprobar, en vivo y en directo, de la que nos hemos librado por un pelo, ya que la curiosidad mató al gato (que estuvo ahí) y, pues claro, “todo el mundo sabe” que por la boca muere el pez…
Sin embargo, nunca faltan los inadaptados y antisociales. Los respondones. Los bocasuelta. E inexplicablemente, y a pesar del descrédito de la profesión, a pesar de que “todo el mundo sabe” que son unos buenos para nada, incapaces de ganarse el sustento como dios manda (con sangre, sudor y lágrimas), irresponsables, locos de atar, desharrapados, borrachos, homosexuales y sinvergüenzas muertos de hambre; todavía hay artistas, verdaderos artistas: comunicadores mediante la estética, criminales de la peor calaña.
Muchos lo son de la palabra. Más de un blogger pertenece a este oscuro clan. Pero se trate o no de artistas, desde que se inventó el oficio, ha habido más de un escándalo a nivel internacional incluyendo prisión por el hecho de haber estado ahí y haber comunicado. Ha habido censuras provenientes de Estados que han bloqueado, por ejemplo a todo WordPress, para impedir que un blogger logre hacer llegar su comunicación.
Ocurre en todos los niveles. Aunque te resulte difícil de creer, yo misma acabo de recibir, hace apenas dos días, un castigo ejemplar de un cibergrupo que tuve la mala idea de frecuentar, por el gran atrevimiento de haber escrito mi parecer sobre el 12 de Octubre…. ¡respondiendo a una invitación y a una pregunta! Grave error. No recordé a tiempo que hay temas tabú. Los hay. En pleno siglo XXI, muy lejos de dictaduras militares o “proletarias” y de regimenes oficialmente teocráticos, todavía hay temas de los que es mejor no hablar.
También me he visto en la obligación de repasar otra lección que, como lección, casi casi había olvidado a estas alturas de mi vida… pero es una lección muy útil: aunque parezca no haber temas tabú, hay “profundidades tabú”. Podemos conversar, discutir e intercambiar cómodamente hasta cierto nivel, pero los intentos de ahondar, sobre todo si son considerados como de golpe y porrazo, muchas veces resultan letales para quienes se sienten naturalmente atraidos por la inigualable belleza de las profundidades.
¿Cómo estar ahí y comunicar y aún así seguir con vida? Hay salida del laberinto. Sólo es necesario tener acceso a los siete “códigos secretos” de mi amigo el Gran Sabio y usarlos con arte, maestría… y buena fe. Gran parte de ellos han sido sido revelados a lo largo de mi blog, una y otra vez. Uno de ellos es su lema. Prometo sistematizarlos en una serie del futuro cercano.
… A mi vecino querido, desde mi ventana norte.
A m i g o s
Septiembre 29, 2009
Dice un amigo –quizá el más querido para mí, o al menos el más sabio entre los que más quiero– que la verdadera riqueza de un hombre son sus amigos. Es cierto. Por eso, personalmente, no tengo nada que envidiarle ni a Donald Trump, a Warren Buffett ni a Bill Gates. (Aunque a este último, naturalmente, jamás podría envidiarle nada, aunque no tuviera un solo amigo sobre la faz de la tierra). Soy afortunada, entonces, no de suerte, sino de la verdadera riqueza y abundancia que existe.
Mis amigos no son muchos ni pocos, son los que quiero. Y son los mejores hombres, mujeres y niños que alguien pudiera imaginar. Además, como ocurre a menudo, tengo una mejor amiga. No puedo concebir mi existencia sin ella. Es prácticamente mi polo opuesto, pero mi vida sería mortalmente aburrida sin la necesaria dosis de drama, de aventura y hasta de locura que ella le aporta. Como yo lo veo, mi amiga no es así de modo intrínseco, como yo no soy intrínsecamente introvertida, “glacial” ni snob… Sucede que ambas podemos darnos el lujo de ser así, de comportarnos de esa forma, porque nos tenemos la una a la otra para los momentos de emergencia, cuando ese modo de ser amenaza acarrearnos dificultades.
Mi abuelo paterno me enseñó, cuando era apenas una niña, que no todos los hombres son “iguales”. Y por más políticamente incorrecto que pueda sonarle a algunos, en mi vida he comprobado más de una vez lo cierto de esta afirmación: hay personas mejores que otras. Sí. Las hay. Lo que debí aprender por mis propios medios, ya que mi abuelo nunca lo mencionó, fue cómo determinar esta “calidad humana superior”.
El secreto está en la capacidad y la disposición que tiene la persona para ayudar a otros. Y en el alcance, la extensión y la calidad de esta ayuda.
¿Y qué es ayudar? La mejor definición que he encontrado, la más simple y verdadera, es del diccionario Kapeluz, una edición bastante antigua: hacer alguna cosa para que alguien obtenga lo que desea o salga de una situación difícil. No es, necesariamente, salvar la vida de alguien. No es resolverle todos sus problemas…. es hacer alguna cosa para que alguien obtenga lo que desea o salga de una situación difícil. Desde ese punto de vista, yo diría que la ayuda es posible siempre. No todo el mundo lo considera así y es esa única consideración la que le impide a una persona estar dispuesta a dar, o a recibir, ayuda.
Como artistas, como educadores, como bloggers, como personas, ni uno solo de mis amigos baja de Summa Cum Laude en cuanto a “calidad humana”. Pero esa es apenas la materia prima. Porque la amistad, para mí, es más que la admiración y el cariño que se puede experimentar hacia alguien. Es más que la posibilidad de compañía o de un buen rato juntos. Y, definitivamente ¡debería llegar mucho más allá de ser el paño de lágrimas de otra persona! La amistad es, fundamentalmente, una posibilidad de creación conjunta. De producir o de dar vida entre dos, o entre varios, a cosas que no existían previamente. Más allá de eso, no puedo imaginar qué se le podría pedir a la vida.
… A la mejor amiga que he tenido, en su cumpleaños.
Un poco de privacidad, por favor
Septiembre 21, 2009
A veces quieres cierta privacidad. Algunas veces, un poco más y otras, un poco menos. En WordPress.com puedes escoger entre varias opciones y niveles, para utilizar el que más se ajuste a lo que necesitas o deseas, tanto para tu blog, como para cada una de tus páginas y entradas.
Antes de de comenzar, hay un tema con el que necesitas estar familiarizado: el tema de los usuarios en WordPress (WP). Si conoces bien el tema, sigue adelante. Si no, revisa esta entrada, se trata de algo bien sencillo.
Tu blog: Público, privado o 50-50…
WP te proporciona tres opciones de privacidad para tu blog:
-
Privacidad 0% (Público). Tu blog será visible para todo el mundo, incluyendo motores de búsqueda. Esta es la opción que utiliza la mayoría de los bloggers. Permite que todo el mundo pueda leer tu blog y que tu blog sea accesible a los motores de búsqueda y a sitios de contenido.
Privacidad 50% (Semi privado): WP bloquea tu blog de los motores de búsqueda, pero permite que lo vean los visitantes normales. Si desea que todos los visitantes humanos puedan leer tu blog, pero quieres bloquear arañas y otros rastreadores para motores de búsqueda, ésta es tu opción.
Privacidad 100% (Privado): Tu blog será visible únicamente para los usuarios que tú elijas.
Para determinar el nivel de privacidad de tu blog, vas a tu Panel de Control (Tablero) —> Opciones —> Privacidad y seleccionas una de las tres. Si seleccionas la tercera opción, estarás creando un blog privado. Cuando la seleccionas, aparece otra página, donde determinas los usuarios que podrán ver y leer tu blog.
¿Pero qué sucede cuando la privacidad que deseas es sólo para algunas entradas o páginas? Afortunadamente, los muchachos de WP ya lo tienen resuelto.
Privacidad en entradas y páginas
Tu blog puede tener “Privacidad Cero”, es decir, ser un blog público, y aún así limitar el acceso a una parte de su contenido.
Es muy sencillo. Para hacerlo, nos trasladamos al editor de texto, sea de las entradas o de las páginas: Panel de Control —> Entradas/Páginas —> Editar.
Una vez allí, en la columna de la derecha, arriba, en la caja llamada “Publicar” verás la opción “Visibilidad”. Al hacer clic en el enlace “Edit”, te aparecen tres opciones: Público, Protegida con contraseña y Privada. Simplemente, selecciona la que desees para tu entrada o página.
La opción por defecto es la de “Público“. Todas las personas que pueden leer tu blog, pueden leer esta entrada.
Si escoges la segunda, “Protegida con contraseña” te aparecerá una caja de texto para escribir la contraseña, que luego deberás dar a las personas que permitirás leer la entrada.
Si escoges la tercera “Privada“, sólo podrán verla los Administradores y Editores de tu blog. No estará accesible para búsquedas, feeds ni directorios. Una página o entrada puede ser privada sin necesidad de una contraseña.
Pienso que eso es todo en cuanto al tema de la privacidad. Si tienes alguna pregunta, déjame un comentario en esta entrada y con gusto te responderé. Si no tienes ninguna, tus comentarios son igualmente bienvenidos.
¡Feliz Otoño/Primavera!
Qué son los “usuarios”
Septiembre 19, 2009
Aunque se trata de algo muy sencillo, el tema de los usuarios en WordPress (WP) a veces se presta a confusión, ya que se designa con la misma palabra a dos funciones un poco diferentes: WP les llama del mismo modo a SUS usuarios que a TUS usuarios.
Los usuarios de WordPress
Para WordPress (WP), cada dueño de una cuenta es un usuario. Como tal, tienes toda una sección en tu Panel de Control (Tablero) donde puedes agregar, cambiar y quitar información sobre ti, desde tu avatar, hasta tu contraseña, pasando por tu “nick” (alias) y tu correo electrónico.
Hay otros datos (como información biográfica, Sitio Web, o nombres de usuario para chat) que tienes la opción de agregar a tu perfil, pero ni tú ni WP los necesitan por ahora.
Esta Sección está en Panel de Control (columna izquierda) —> Usuarios —> Tu Perfil.
Cuando abriste tu cuenta, WP te preguntó si querías un nombre de usuario y un blog o solamente un nombre de usuario. Como blogger, o aspirante, pediste también un blog. Si hubieras querido continuar siendo un lector, habrías pedido sólo un nombre de usuario.
Entonces, para WoredPress, hay usuarios-bloggers y usuarios-lectores. Ambos disponen de un Panel de Control y de ciertas opciones para configurar su perfil.
Como usuario-blogger, al momento de abrir tu blog asumes automáticamente el rol de Administrador (Admin)>. Éste es el rol de mayor poder y, por tanto, de mayor responsabilidad en un blog. Como Admin de tu blog, puedes compartir este poder y responsabilidad con otros usuarios de WP. Al hacerlo, los conviertes en usuarios de tu blog.
Los usuarios de tu blog
Los usuarios de tu blog son más que simples lectores o comentaristas. Son aquellas personas a quienes permites acceso a parte (o a todo) tu Panel de Control. Cada usuario necesita crear una cuenta en WP. Y necesita que le asignes un rol, que será su nivel de poder y responsabilidad sobre tu blog. Estos roles son:
- Admin: Tiene poder de vida o muerte sobre tu blog. Puede hacer todo lo que quiera con él, igual que tú, incluso borrarlo. En general, no se recomienda que compartas con otra persona este nivel de poder/responsabilidad.
- Editor: Puede hacer casi lo que quiera con sus propias entradas y páginas, las tuyas y las de otros usuarios; publicarlas, editarlas, colocarles imágenes o borrarlas. También puede moderar comentarios, manejar categorías, tags y enlaces, y subir imágenes y documentos. Pero no tiene acceso al blog en sí, es decir, no puede hacer cosas como cambiar la plantilla, los widgets, borrarlo, etc.
- Author (Escritor): Puede hacer lo que desee con sus propias entradas, pero no con las de los demás. Tampoco tiene acceso al blog en sí.
- Contributor (Colaborador): Puede escribir y editar sus propias entradas, pero necesita un Admin que se lo apruebe y lo publique. Una vez aprobado y publicado, ya no puede editarlo.
Creando tus propios usuarios
En tu blog de WordPress.com puedes incluir gratuitamente hasta 35 usuarios, en cualesquiera de los roles. Si quieres más, necesitas comprar un upgrade (mejora). Éste se llama “Unlimited Private Users”, cuesta 30 dólares al año y lo encuentras en tu Panel de control en la sección “Mejoras”.
Para convertir a un usuario de wordpress en un usuario de tu blog, necesitas dar tres sencillos pasos:
- Ve a tu Panel de Control —> Usuarios —> Autores & usuarios y en la segunda sección: Añadir a un usuario de la comunidad escribes el correo electrónico de la persona que deseas agregar (naturalmente, debe ser el mismo correo con que abrió su cuenta de WP).
- Asígnale a esta persona el rol correspondiente.
- Haz clic en Añadir usuario. Eso es todo.
Confío en que esta entrada aclare cualquier confusión que pudieras haber tenido.



